Filosofía con niños: construcción de la autoestima

Desarrollar filosofía con niñas y niños es trascendental debido a que estimula disposiciones que les serán necesarias para lograr insertarse y crecer en el mundo. Uno de los pilares de esta práctica se asienta en la construcción de la autoestima y las emociones positivas.

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En los últimos trabajos académicos se subrayó la importancia de llevar a cabo desarrollos teórico-prácticos de filosofía en las escuelas: permiten la estimulación del progreso y crecimiento de los estudiantes tanto en la clase como en la vida misma, ayudan a que adopten actitudes positivas y razonables, construyen hábitos de conducta, actúan como disposición ante el mundo al que los niños y niñas se incorporan.

Una de las principales prácticas educativas en torno a este quehacer filosófico en las aulas tiene que ver con el manejo de las emociones. En ese sentido, cuando un niño o niña tiene una emoción negativa muy fuerte como es el estar enfadado, suele regir su comportamiento únicamente en base a dicha emoción. El docente en esta situación debe estar preparado para brindarle herramientas que le permitan explorar las razones que sirven de apoyo a sus emociones y reflexionar si existe una razón de fondo para esa emoción negativa. En base a ello, el niño o niña deberá reevaluar su reacción y conducta posterior.

La relevancia de esta cuestión radica en evitar las acciones incorrectas y precipitadas cuando las creencias de fondo que llevan a esa conducta son ciegas y conllevan malas consecuencias. En ese punto, el docente puede colaborar en la reflexión e investigación para examinar esas creencias y descubrir nuevas perspectivas. Si bien muchas veces los niños y niñas tienen mayor interés en ensimismarse en el pesimismo y la exploración de emociones negativas, es menester encontrar la forma de reconducirlas y analizarlas para así poder superarlas. Desde ya que también este tipo de emociones puede tener su función pero lo deseable es que no desemboquen indefectiblemente en estados depresivos y emotivos irreversibles.

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Según estudios académicos, los infantes suelen tener interés en indagar en emociones como el miedo, la tristeza, el horror, el odio, los celos y la ansiedad; mientras que el camino por el que los debe guiar el docente deberá relacionarse con la alegría, la felicidad, la tranquilidad, el entusiasmo, la euforia, el placer y la esperanza. La educación de las emociones de la mano de la educación del buen pensamiento permite lograr una atmósfera de confianza para aprender a pensar de forma correcta y llevar a cabo mejores juicios en la vida cotidiana.

Dentro de esa línea de trabajo emocional, juega un papel significativo la construcción de la autoestima, dimensión emocional básica de la persona. La autoestima debe entenderse como la capacidad propia del ser humano de evaluar los actos de la vida: todo aquello que se siente o piensa debe tener un buen balance a fin de lograr una salud psicológica estable. Encuentra su fundamento en la imagen que se tiene de uno mismo, la cual debería ser una estimación positiva y sana, que implique sensatez en cuanto a las capacidades personales y el reconocimiento de las debilidades.

Una buena autoestima es básica para el desarrollo de una persona en la medida en que proporciona seguridad en uno mismo y ayuda a manejar las críticas. Quien posea una autoestima positiva se acepta a sí mismo, aprende de los errores cometidos, asume riesgos y toma sus frustraciones como oportunidades de crecimiento y formación. Las personas con una autoestima baja no están satisfechas con su forma de ser, tienen una percepción exagerada de sus defectos, desconocen sus capacidades y habilidades y buscan la aprobación de los demás continuamente.

Es en la infancia cuando empieza a desarrollarse la propia identidad. En esta construcción ejerce mucha influencia el autoconocimiento que tenga la persona de ella misma, así como los ideales a los que aspira. Estas cuestiones suelen estar determinadas por el entorno familiar y cultural, donde cumple un rol trascendental la formación escolar. En base a esas concepciones, el niño o niña llevará a cabo su comparación con los demás.

Para lidiar con la autoestima en los infantes, se debe trabajar con el autoconocimiento, el respeto, el cariño y la aceptación de uno mismo. También debe desarrollarse la responsabilidad sobre los actos cometidos y la comunicación de los sentimientos, en un continuo aprendizaje que compone tanto la salud individual como la madurez personal. Se trata de una construcción en constante formación y modificación ante nuevas experiencias y mayor relacionamiento con el ambiente. Por ello, se debe procurar mejorarla desde los primeros años.

Para lograr una buena estabilidad emocional, el docente también puede servir de guía para remarcar las situaciones de engaño de los niños y niñas: las relaciones positivas, la negación de los errores por miedo a la frustración o castigo, los deseos de omnipotencia, la falta de esfuerzo. Incluso algunos de estos comportamientos pueden nacer en la propia escuela, de ahí radica la importancia de no descalificar ni cuestionar el accionar del infante sino colaborar con la construcción de su autoestima y valorar sus esfuerzos en dicho camino.

Algunos componentes de la autoestima que deben trabajarse desde la niñez son la autovaloración, la autoaceptación y el amor propio.

  • Autovaloración. Se encuentra vinculada con la percepción que se tiene de uno mismo y con la valoración de la imagen corporal, las habilidades y las características de la personalidad.
  • Autoaceptación. Cuando la autovaloración es positiva, proporciona bienestar y estimación por uno mismo. Cuando es negativa, produce rechazo y sentimiento de menosprecio.
  • Amor propio. Implica sentirse a gusto con la propia identidad y el comportamiento cotidiano. Además, ayuda a fijar objetivos y a establecer las relaciones sociales adecuadas.

En todo este proceso, el docente puede ejercer como eslabón fundamental en el crecimiento del niño y sobre todo en la guía hacia una autovaloración positiva, mayor autoaceptación y, finalmente, amor propio saludable.

Basado en Aprender a pensar, de Irene de Puig.

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