Futuro porvenir

Futuro porvenir

Ensayos sobre la actitud psicoanalítica en la clínica de la niñez y adolescencia


$ 2300,00


El deseo de este libro es el porvenir del psicoanálisis. Un porvenir abierto -no un futuro previsible y rutinario- depende de que el psicoanálisis sea otro, del advenimiento de otro psicoanálisis. En este texto se podrán atisbar figuras de ese otro. Lo cual exige y presupone una relación diferente con la tradición, especialmente la tradición teórica del psicoanálisis.
El psicoanálisis está seriamente bloqueado por llegar al siglo XXI con artefactos del siglo XIX que ya empezaban su vetustez en los primeros años del siglo XX. Prácticamente todos los desarrollos de la segunda mitad del siglo pasado no alcanzan a liberarse del todo de esa artefactualidad anacrónica.
El “edificio teórico” debe ser sometido a una paciente y cuidadosa reconstrucción. Se propone una demarcación atenta y permanente del motivo de la teoría como edificio para dejar al psicoanálisis “sin base”, no por descartar apresuradamente una serie de conceptos, sino por dialogar con ellos sin seguirlos considerando como “base”; privar, vale decir librar, al psicoanálisis de la referencia a una base inamovible y ahistórica que tendría que tener.

Introducción.
La apertura del psicoanálisis al acontecimiento

Parte I. El psicoanálisis sin base
Capítulo 1. Dar por terminado
Capítulo 2. Sexequias a dos voces
Capítulo 3. Alegría y angustia, angustia y alegría. Rondó de un descuido
Capítulo 4. El estatuto metapsicológico de la femineidad en el psicoanálisis tradicional
Capítulo 5. ¿Por qué la “metáfora paterna” detiene el funcionamiento de la metáfora? Tres preludios para una deconstrucción
Capítulo 6. Palabras de la resistencia. Estudio para un estudio
Capítulo 7. ¿Cómo, no hablar del afecto?
¿Como no hablar del afecto?
Capítulo 8. Transposición e inversión: los procedimientos, las consecuencias
Parte II. Niñez en juego
Capítulo 9. La introducción del niño en el psicoanálisis
Capítulo 10. Donde la pulsión era, el jugar debe advenir
Capítulo 11. Asombro y experiencia
Capítulo 12. Cantocuento
Capítulo 13. Estar solo / quedarse solo
Capítulo 14. Intermezzo de la resiliencia
Capítulo 15. Percepciones de consultorio: el psicoanalista y su propia experiencia del aprender
Parte III. Adolescencia y narcisismo
Capítulo 16. La adolescencia pensada como cisma en lo occidental    
Capítulo 17. Del estadio del espejo al estudio del espejo
Epílogo (¿epitafio?) de cuento

Ricardo Rodulfo

Licenciado en Psicología (UBA) y doctor en Psicología (USAL). Profesor Consulto Titular y Profesor Plenario (UBA). Ex-profesor titular de las cátedras de Clínica de Niños y Adolescentes y de Psicopatología Infanto Juvenil en la Facultad de Psicología (UBA). Profesor titular de las cátedras de Psicopatología y Psicopatología Infanto Juvenil (Universidad Siglo 21, Córdoba) y profesor invitado en la Pontificia Universidad Católica de San Pablo, Brasil. Dirige el Programa de Actualización en Clínica de Niños y Adolescentes de la Facultad de Psicología (UBA) y preside la Fundación Estudios Clínicos en Psicoanálisis de la ciudad de Buenos Aires. Ha presentado un Proyecto de Carrera de Especialización en bebés y niños a la espera de su aprobación.
Alternativamente se desempeña como profesor invitado en la Universidad Libre de Berlín, en la Universidad Complutense de Madrid, en la Universidad Sor Juana Inés de la Cruz de México, en la UNISIMOS de Porto Alegre, en la Universidad del Comahue, en la Universidad Nacional de Rosario y en la de la Plata de la República Argentina.

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No tengo ninguna duda de que el trabajar con estudiantes regularmente, desde hace muchos años, fue para mí, y sigue siendo, fundamentalmente, un espacio para pensar en voz alta. La vida del profesor puede ser muy tediosa –como otras vidas– si “da clase” en el sentido de preparar una clase y luego ir y darla. Está amenazada, permanentemente, por la peor rutina.
A cambio, la coexistencia con estudiantes, el estar continuamente en contacto con gente joven y también, por supuesto, con colegas jóvenes, colegas recién recibidos o en sus primeros años, para mí siempre ha sido verdaderamente muy vivificante y todos mis libros no estarían escritos o, en todo caso, tendrían una forma muy distinta, porque, básicamente, sus primeros borradores casi siempre, o en una proporción muy amplia por lo menos, salieron de clases luego desgrabadas, sobre todo en la Facultad de Psicología de Buenos Aires, pero también en lugares como aquí y otros espacios.
Además, cuando digo: “La apertura del psicoanálisis al acontecimiento” estoy implicando un porvenir, y a ese porvenir están llamados, precisamente y muy en particular, muchos que hoy son estudiantes aquí y en otras partes. La implicación recíproca es muy fuerte.
¿Qué quiero decir con “La apertura del psicoanálisis al acontecimiento” o, también, “futuro porvenir”? Por lo pronto interpreto estos títulos, pues me surgieron sin pensarlo. Título en un doble sentido: por una parte, el psicoanálisis como disciplina tiene viejos problemas y está en deuda con el acontecimiento, con pensar el acontecimiento, con pensar la diferencia, lo nuevo que, a través del acontecimiento, puede generarse. Vamos a volver sobre esto luego, pero las diferentes teorías psicoanalíticas en sus enmarcamientos más tradicionales, no sé si han hecho justicia a la cuestión del acontecimiento, aunque el mismo psicoanálisis, después de todo, emergió como acontecimiento.
Por otra parte, vuelvo sobre una interrogación de un pensador que se ocupó tanto como pudo de aquel, Jacques Derrida (1930-2004), quien desde su propio campo, el filosófico, lo pensó mucho, lo amó mucho. Y Derrida se preguntaba si al psicoanálisis le podría acontecer, algún día, el psicoanálisis; si al psicoanálisis le podría ocurrir el psicoanálisis como acontecimiento,2 refiriéndose a operaciones mitopolíticas demasiado repetidas en la historia del psicoanálisis, sobre las que me ocuparé un poco. Primera cuestión.
En tanto acontecimiento, yo diría que, además, habría que volver sobre un punto: antes que una teoría o una práctica codificada o realizada desde una teoría, antes que eso –en un sentido no sólo temporal–, el psicoanálisis es una experiencia, una experiencia que pasa por el cuerpo, por lo tanto por la subjetividad de alguien, y es una experiencia de la singularidad. Una experiencia tanto desde la posición de paciente como desde la posición de analista (quien por eso mismo, además, sabemos que tiene como un requisito esencial el conocerla en sus dos extremos). Por eso mismo –y no por una razón formal o por un vago ideal de normalidad o de normalización–, el psicoanalista, a diferencia de otros profesionales, debe pasar por un psicoanálisis. No puede practicar el psicoanálisis desde afuera, como es posible hacerlo en otras disciplinas. Primero, el psicoanálisis debe ser una experiencia. Esto, cierta tradición occidental en la que estamos, y de la que el psicoanálisis no puede escapar, suele de alguna manera encubrirlo o reprimirlo un poco porque, en un sentido muy típicamente occidental, solemos privilegiar la formación teórica, la capacitación teórica y todas esas cosas que, por cierto, no está en mi ánimo minimizar. Así, la idea de la formación, demasiadas veces, no deja de tener cierto sesgo “intelectual”, característico de disociaciones propias de nuestra cultura, que no dejan pensar, por ejemplo, cómo un psicoanalista kleiniano se puede parecer más, en su manera de trabajar, a un psicoanalista lacaniano que a otro psicoanalista kleiniano, o que ese psicoanalista lacaniano a otro psicoanalista lacaniano, y lo mismo podría decirse de cualquier escuela que a uno se le ocurra. Por eso, en todas las corrientes teóricas que hay en el psicoanálisis es posible encontrar terapeutas muy capaces –por lo menos en ciertos encuentros con ciertos pacientes– y analistas que no parecen serlo tanto, analistas más confiables y analistas menos confiables. No está para nada probado que los de una corriente trabajen mejor que los otros, o que sean más éticos o más confiables.
[..]

El deseo de este libro es el porvenir del psicoanálisis. Por eso mismo es un libro severo con el psicoanálisis. La severidad es, en muchas ocasiones, el sello del amigo, en este caso “el amigo del psicoanálisis”, según la caracterización hecha por Jacques Derrida. Y eso porque la convicción que genera y atraviesa la escritura es la de que un porvenir abierto del psicoanálisis –no un futuro previsible y rutinario– depende de que el psicoanálisis sea otro, del advenimiento de otro psicoanálisis. En la mayoría de los capítulos que siguen, el lector atento podrá sin dificultad entrever, atisbar, figuras de ese otro. Lo cual exige y presupone una relación diferente con la tradición, especialmente con la tradición teórica del psicoanálisis; también un balance que no vacile cuando hay que dar por terminado lo que hay que dar por terminado, que no es tampoco algo así como “toda” esa tradición. Ni mucho menos. Pero, para ser concretos, no se puede menos que decir que el psicoanálisis está seriamente bloqueado por llegar al siglo XXI con artefactos del siglo XIX que ya empezaban su vetustez en los primeros años del siglo XX. Prácticamente todos los desarrollos, tan notables como muchos de ellos son, de la segunda mitad del siglo pasado no alcanzan a liberarse del todo de esa artefactualidad anacrónica. El ejemplo más obvio de este efecto de inercia –y de lo que lleva a confundir herencia con inercia, confusión peligrosísima– es el concepto de pulsión o instinto y el lugar que se le hace ocupar en el sistema teórico; noción singularmente improductiva, anticientífica, innecesaria, imposible de operacionalizar y que, sin embargo, siguen invocando, invocando así un poder explicativo que no existe, los mismos que no titubean en elogiar a Bowlby o a Winnicott, o que se dignan interesarse en Bleger. Escisiones, que le dicen; prácticas de renegación viciosas.
Más allá de este caso concreto –no ciertamente el único–, en el motivo de lo edípico y sus problemas,1 tropezamos con un obstáculo más global: el que cuestiona ciertas creencias consagradas como referencias inmutables del psicoanálisis a menudo encuentra que le sale al paso un interlocutor alarmado por el peligro de derrumbe que correría el “edificio teórico” del psicoanálisis de atenderse a sus proposiciones. Es este motivo del “edificio teórico” el que debe ser sometido a una paciente y cuidadosa deconstrucción: la teoría como edificio, con sus cimientos inamovibles, lo que sólo daría lugar a cambios cosméticos o a reestructuraciones mucho más decisivas, pero que no comprometerían la sólida inmovilidad de los cimientos que, por eso mismo, formatean el conjunto, limitando inapelablemente el hasta dónde éste puede ser modificado. Este motivo es un efecto de figuración del más abstracto y metafísico del fundamento, de la fundación, que ha dado origen a tantas discusiones y deliberaciones con respecto a cuáles serían los “conceptos fundamentales” del psicoanálisis, desde Freud en adelante. Como los autores del siglo XIX en el caso de los instintos, cada uno puede tener la lista que más le conviene. Lo que aquí proponemos es un giro muy diverso: una desmarcación atenta y permanente del motivo de la teoría como edificio, dejar por eso al psicoanálisis “sin base”, no por descartar apresuradamente una serie de conceptos, sino por dialogar con ellos sin seguirlos considerando como “base”; privar, vale decir librar, al psicoanálisis de la referencia a una base inamovible y ahistórica que tendría que tener. Operación que no ha dejado de practicarse en otras disciplinas, desde la matemática hasta la física y la biología, pero a la que el psicoanalista se resiste, aunque eso fuera a costarle la vida al psicoanálisis. Lo que llamamos vagamente “la” teoría funciona mejor con la ayuda de metáforas menos arquitectónicas, más móviles, sean las del injerto que no se deja comprender bajo la figura de la raíz, o las de la variación sin tema preestablecido, del desarrollo que no desarrolla un tema preexistente, típicas de la música contemporánea y no sin antecedentes en Mozart, Beethoven, Liszt. Una teoría desprendida de la atadura del cimiento tiene otra capacidad, como si dijéramos “biológica”, para mantenerse plenamente viviente y vívida. Por eso mismo, siempre me he cuidado de no colocar el jugar en el sitio de siempre, en el sitio de un nuevo fundamento. No es el propósito de mi obra en general ni de este libro en particular cambiarle el collar al perro.
Más allá aún, lo que algunos consideran una “crisis” del psicoanálisis o un psicoanálisis en larga crisis (una idea por lo demás muy argentina) puede dejarse pensar como una falta de proyecto, o una resignación que haría que el único proyecto fuera hacer del psicoanálisis su propio museo. El edificio de un museo. Examen histórico: en toda su larga emergencia, el psicoanálisis se motorizó en un proyecto bidireccional, proyecto totalmente explícito y asumido sin titubeo alguno por Sigmund Freud, legible como tal sin necesidad de “lecturas” o “retornos”: una de estas direcciones implica un doble movimiento del pensar que a la vez esclarece y saca la sexualidad humana de su sojuzgamiento por una represión tanto social como internalizada; la segunda dirección se propone extender las fronteras de la racionalidad científica en la mejor tradición del Iluminismo y del positivismo posterior, ocupando y colonizando –las metáforas de Freud al respecto son terminantes– zonas vírgenes o salvajes, en este caso del psiquismo humano. Tal el doble proyecto. Estamos hoy en condiciones de comprobar que el primero se cumplió acabadamente, aunque no sólo por medio del psicoanálisis; nadie puede honestamente negarle a éste su muy intenso compromiso para que la represión (tanto en el sentido psicoanalítico como en el más vulgar) no rigiese las relaciones con la sexualidad, comprimida por esto mismo a manifestarse genital y heterosexual como sus dos únicos rasgos legitimables de normalidad. El segundo se cumplió parcialmente, en la medida en que la caída, por más parcial que fuere, de los ideales iluministas y positivistas alteró, con independencia del psicoanálisis, el peso significante del motivo metafísico de la Razón. El psicoanálisis tuvo que adaptarse como pudo a este cambio histórico. Pero lo cierto es que, incluso por su mismo éxito, se ha quedado sin proyecto, sin un proyecto que tenga vigencia actual. Aquellos ya fueron, por más que en lo individual de un tratamiento podamos volver a encontrar casos anacrónicos. Y sin proyecto, como ya lo enseña la propia experiencia de vida, o se pierde todo rumbo o se envejece irremediablemente envuelto en sentimientos nostálgicos.
En una fecha tan doblemente simbólica como el año 2000 y las proximidades del 14 de julio en París, Jacques Derrida le propuso al psicoanálisis un nuevo proyecto,2 proyecto en el que de hecho la práctica del psicoanalista no ha dejado de meterse o la han metido en el arrastre de las circunstancias: consagrarse ahora a las problemáticas de la violencia, de la dominación y de la soberanía del Padre (lo que Derrida llama invitación a un parregicidio); en todos los órdenes de nuestra existencia su hegemonía hace brutal resistencia a lo que también está sucediendo, lentamente: un ascenso de la diferencia, de una diferencia que no se limite a ser pensada de una manera fálica clasificando en ella jerarquías, distintos valores de dominación, o encerrándola en oposiciones del tipo de la de “desarrollado/subdesarrollado” o tantas otras que pueblan nuestra vida. Es una esperanza que este lento, a veces pareciera imperceptible, ascenso siga emergiendo, incrementando nuestra capacidad para gozar la diferencia en lugar de rápidamente reducirla y pretender manejarla. Todo un nuevo proyecto, que hoy en nuestro campo puede notarse en ese desplazamiento que obliga al psicoanalista a tratar con la violencia familiar y con el abuso sexual, prácticas antes encubiertas por el eufemismo de la “seducción” y la centralidad del complejo de Edipo como atributo nuclear de la psique individual. Los que además trabajamos con niños y con adolescentes estamos en una situación privilegiada –muchas veces tristemente privilegiada– para reflexionar sobre este inmenso mar de cuestiones. Inmenso mar; sería reductor y unilateral, un nuevo ambientalismo simplificador que no deja de estar operando entre nosotros, enfocar la violencia y el dominio como cosas que se limitarían a caer sobre el niño, también existe la de los niños y adolescentes entre sí y la de los niños y adolescentes dirigida a su familia y a otros adultos. Las políticas de dominación y sobre todo la dominación como política no tienen un centro privilegiado emisor que facilite la implantación rápida del típico esquema opositivo victimario/víctima o dominador/dominado. Aquí también un entre se impone para hacer justicia a la complejidad de semejante problemática. Por otra parte, el término violencia –que toma el relevo en el psicoanálisis de las nociones clásicas de agresión, agresividad, etc.– es ambiguo y diverso en su propio interior; no podemos –so pena de incurrir en lo que Winnicott anatematizaba como “sentimentalismo”– en una condena “pacifista” de “la” violencia como una cosa mala, que sería deseable y a la vez imposible erradicar. Como ya lo sabía Heráclito, es la madre de muchas criaturas, las más bellas y las más monstruosas. Por eso mismo, el psicoanálisis tradicional no logró progreso alguno al inventar e intentar una “pulsión de muerte” o de destrucción para unificar la multiplicidad de la violencia humana. Lo único que se logró fue tranquilizarse con “explicaciones” tan sumarias como carentes de toda eficacia: todas las guerras se aclararían remitiéndolas a esa pulsión, todos los suicidios, todos los asesinatos, todas las crueldades; además se perderían de vista, de este modo, tantas funciones creativas y vitales de la destrucción. Por más cuidados “metapsicológicos” que se quisieran tener, sería imposible detener el maniqueísmo inmanente a la oposición entre Eros y Tánatos.
Dominar es una pasión humana y, por otra parte, sabemos ya que, para bien o para mal, nuestra especie carece de una regulación biológica que se ponga en marcha automáticamente permitiendo una etología de la violencia y de la crueldad y de la maldad así como del impulso creador, que no es menos violento para nada. No es la única especie que carece de aquella regulación, pero sí es la única con semejante desarrollo cerebral y con semejante actitud para hacer de todo con la violencia y con la dominación. ¿Podría el jugar, ese otro rasgo o propiedad tan hipertrofiado en nuestra especie, dominarla en algo, como ya quizá en parte al menos la mitiga y la reenvía a espacios menos explosivos? Quizá.
Quizá.
Ricardo Rodulfo
Notas
1. Véase el último capítulo de El psicoanálisis de nuevo, Buenos Aires, Eudeba, 2004.
2.  Jacques Derrida, Estados de ánimo del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2001.

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