Juego, historia de chicos, El

Juego, historia de chicos, El

Función y eficacia del juego en la cura


$ 1080,00


Este libro intenta transmitir una experiencia, de la que cada uno de los que escribe irá dando testimonio. Se trata de dar cuenta del trabajo con niños cuando los profesionales son convocados por su sufrimiento o el de sus padres. Está escrito desde el lugar en el que se escucha a los padres o desde donde se es testigo del juego de los chicos. Es un lugar complejo, por el que nos interrogamos, y de estos interrogantes también dejamos constancia en la escritura.
Los autores se centran en un aspecto del encuentro con los niños que consideran de vital importancia: el juego.
La lectura de esta obra puede ser de interés tanto para los analistas como para aquellos que, si bien no practican el psicoanálisis, de él se nutren. Tal vez pueda convocar también a otros, ojalá a muchos, que, aunque no pertenezcan al ámbito psicoanalítico, no se encuentran por ello, sin embargo, por fuera del campo de las inquietudes que aquí se abordan. También a ellos se dirige. Cada uno de los trabajos incluidos en este libro parte de una experiencia clínica particular, desde allí hilvana las palabras con las que relata la teoría.

Prólogo
por Luis Fara

Palabras preliminares
por Alicia Rozental

PRIMERA PARTE
El juego historia de chicos
Alicia Rozental

Capítulo 1
Infancia y juego

Capítulo 2
Jugar

Capítulo 3
Juego y padecimiento

Capítulo 4
El juego y la cura

Capítulo 5
Juego y límites

SEGUNDA PARTE
Autores invitados

Capítulo 6
Ficción y subjetividad
Cristina Beiga

Capítulo 7
De juguete a jugador
Raquel Gerber

Capítulo 8
¿A qué juega el analista?
Rubén Flores

Capítulo 9
Jugadores fuera de área
Cecilia Illia

Capítulo 10
Final del juego. Acerca del fin del análisis en niños
Silvia Peaguda

Alicia Rozental

Psicoanalista. Se desempeña como supervisora del área de reinserción social de CENARESO y del CESAC Nº 10. Es docente en ámbitos hospitalarios y profesora de Psicología Evolutiva I (UNTref). Actualmente practica el psicoanálisis con niños, adolescentes y adultos en el ámbito privado. Formó parte del equipo de Psicopatología del Hospital Materno-Infantil de San Isidro e integró el servicio de Psicopatología del Hospital Pirovano. Es coautora de Los saberes que ordenan el cuerpo.

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Cristina Beiga

Psicoanalista. Actualmente desarrolla tareas docentes en el ámbito hospitalario, institucional y privado y es supervisora clínica de niños y adolescentes en hospitales públicos. Forma parte del grupo psicoanalítico “Nebrija”. Integró el equipo de Interconsulta en el Hospital Pirovano). Formó parte del equipo de Patologías Severas de la Infancia (Liga Israelita Argentina). Fue cofundadora de Surcos, institución dedicada a la atención de la patología grave infantil.

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Cecilia Illia

Psicoanalista. Es psicóloga de planta de los CESAC Nº 8, 10 y 30 (Hospital Penna). Es instructora de concurrentes.

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Rubén Flores

Licenciado en psicología y psicoanalista. Es docente de Psicopatología I y II (UNTref). Es docente en escuelas primarias y especiales. Su labor clínica se orienta al trabajo con niños con alteraciones graves en la subjetividad.

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Raquel Gerber

Psicoanalista. Se desempeña como supervisora de equipos de Psicopedagogía (Htal. Durand y Htal. Penna), del equipo de Psicopatología del CESAC Nº 10 y en hospitales de día (Htal. Infanto-Juvenil Tobar García). Dicta seminarios en hospitales e instituciones psicoanalíticas y coordina seminarios de Extensión Universitaria (UBA).

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Silvia Peaguda

Psicoanalista. Es supervisora de equipos hospitalarios y docente de “Constitución de sujeto” en el Post-título para Jardines Maternales (GCBA). Es integrante del grupo psicoanalítico “Nebrija”. Es autora de Juego: precursores del Fort-da.

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Prólogo de Luis Fara
I
El propósito que ha convocado a los autores y autoras en torno a este libro es la reflexión sobre el lugar del juego en los encuentros de un analista. En esta reflexión se manifiesta un diálogo permanente entre la clínica y la teoría y, según se nos advierte en las palabras introductorias, se intenta que la lectura de este texto pueda ser de interés tanto para los analistas como para aquellos que, aunque no practiquen el psicoanálisis, se nutren de él.
Para alguien, como quien escribe estas líneas, con alguna vinculación con la temática de la niñez desde la perspectiva de las políticas sociales y de los derechos, aun cuando en algunos tramos tenga la sensación de “quedarse afuera”, la lectura de los trabajos que integran este volumen ha sido sumamente provechosa.
El trabajo de Alicia Rozental, con una frecuente apelación a textos de Felisberto Hernández, Juan José Saer, Graciela Cabal, Eduardo Galeano, Rosa Montero, Graciela Montes -entre otros-, establece una analogía muy sugerente entre el juego y la narración. En una etapa de la vida denominada con una palabra cuya etimología refiere a la incapacidad de hablar, el juego del niño se constituye en un modo de decir de su vida y de su padecer. Y, cuando hay dificultad para que esto ocurra, y se produce la demanda de intervención, lo importante es la capacidad del analista para contribuir a que el chico despliegue su juego, dé lugar a que se juegue lo que se tiene que jugar. Para ello, se requiere sostener el misterio sin pretender develarlo prematuramente, sin otorgarle sentidos apresurados, con la certeza de que, más allá de resolver el enigma que encierra el juego de un niño, el solo hecho de propiciar que se exprese, tiene una eficacia en la cura.
Cecilia Illia, que se pregunta por la particularidad de los juegos de los niños pobres, con un lenguaje que en muchos pasajes resulta familiar para un sociólogo, pone en cuestión una visión reduccionista. Afirma con claridad que la pobreza, entendida como carencias materiales, puede constituir una determinación para el sujeto, incluso con graves consecuencias, pero que no es la única. Que, por ejemplo, la circunstancia de no contar con juguetes no necesariamente impide el juego y, en algunas ocasiones, incluso puede favorecer la invención de juguetes. No niega la posibilidad de que en situaciones particulares el sujeto pueda quedar aplastado por la ausencia de soportes facilitadores, pero afirma que es mucho más probable que esto ocurra si no cuenta con recursos simbólicos que le permitan mediatizarla y, en consecuencia, termine siendo juguete en un juego que desconoce.
Esta idea aparece como un eje central en el trabajo De juguete a jugador, que resulta sumamente claro en la afirmación de que estos juegos (que, al decir de Silvia Peaguda, tienen la particularidad de albergar a los personajes que son representados por el niño, pero que a su vez lo representan a él) permiten poner en escena una ficción en la que el sujeto puede representarse y, mediante este procedimiento, arrancarse del acontecimiento traumático.
Este texto de Raquel Gerber también da cuenta de que hay situaciones en las que el niño es puesto en el lugar de objeto y, si no logra constituirse en un jugador, queda atrapado como juguete y que sólo jugando se entra a la vida y se pasa de juguete a jugador.
Cristina Beiga, que cuenta cómo el consultorio le permite a un analista ser testigo de muchos casos de “arrasamiento subjetivo”, también comparte este concepto central, aunque la idea de que el lenguaje es el juego que jugamos me resultó muy sugerente. En una parte del texto dice: “la historia de un sujeto no es el pasado en el sentido de la sumatoria de todos los sucesos acontecidos la historia se construye (…) con restos y fragmentos de lo oído y lo visto que armarán la urdimbre propia de la realidad psíquica de cada uno”. Para entender la constitución de la realidad psíquica, tal como desarrolló el psicoanálisis, es fundamental la referencia a la estructural parental, a las marcas de filiación y en esto cuenta el peso de las tres generaciones.
Tanto el artículo de Rubén Flores como el de Silvia Peaguda fijan su atención en la trama que se teje en el interior del consultorio y dan cuenta del proceso clínico desde el inicio hasta el fin. Del camino que se transita desde las entrevistas silvestres (que ponen de manifiesto los puntos de anclaje del niño en la sintomática familiar, la fijación a los deseos y fantasmas paternos de este hijo, el sentido y valor económico del síntoma en la verdad de la pareja, su lugar, en la estructura) hasta el final de juego (transferencial) que, en realidad, paradojalmente, aparece como el punto de apertura para el juego con pares.
II
La lectura de estos textos en una perspectiva que, como se dijo, no es la del psicoanálisis, despierta asociaciones y vinculaciones, algunas de las cuales se intentará compartir.
El XX fue por muchos considerado como el siglo de los niños. Un siglo que, al decir de quien por años fue directora ejecutiva del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, Carol Bellamy, comenzó prácticamente sin ningún derecho para los niños, terminó con los niños en posesión de un instrumento que no solamente reconoce sus derechos sino que los protege.
Aunque, debemos admitir, hay muchísimos jugadores fuera de área que no tienen lugar en una dimensión material, que no es menor, pero también en una dimensión simbólica.
Para muchos niños y niñas, es una realidad cotidiana la que describe con tanta sensibilidad Miguel Hernández en su poema Niño Yuntero: Carne de yugo ha nacido,/ más humillado que bello/ con el cuello perseguido/ por el yugo para el cuello. (…) Empieza a sentir, y siente/ la vida como una guerra,/ y a dar fatigosamente/ en los huesos de la tierra.
Aun cuando se quiere enfrentar esta realidad, algunos de los instrumentos (normas, políticas, programas) pretendidamente pensados en favor de los niños y niñas, si se los analiza con detenimiento, permiten ver que los supuestos sobre los que se asientan, el ideal al que aspiran, no necesariamente tienen en cuenta la subjetividad. Es cierto que, por tomar un ejemplo extremo, el hambre, la desnutrición o la mortalidad infantil son intolerables, pero no sólo de pan vive el hombre…
Vivimos en sociedades en las que, paradojalmente en relación con lo que postula la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño y los compromisos que los estados han asumido al suscribirla, los niños tienen cada vez menos lugar y, también, menos incentivos para crecer en su capacidad de jugar, de crear, de desplegar sus potencialidades. Los lugares materiales que la mayoría de las ciudades prevén para los niños son escasos, la calle es un lugar cada vez más peligroso, los niños son constreñidos cada vez más al ámbito privado y, en muchos casos, están destinados a la soledad en compañía del televisor o de la computadora.
Los juguetes son (o deberían ser) instrumentos para jugar y resultan mejores cuanto más incitan al juego. En este sentido, como dice Francesco Tonucci, no hay juguete como la arcilla, porque no es nada y puede convertirse en todo. En ese paso de la nada al todo consiste, precisamente, el juego. Jugar no es meramente utilizar juguetes, es sobre todo poder inventar y construir, poder armar una ficción.
Antes de la hegemonía del “plástico” o de otros materiales sintéticos, y ni qué hablar de la virtualidad que ha posibilitado la informática, los juguetes se fabricaban con arcilla, trapos, papel, trozos de madera, cañas; los niños y niñas fabricaban sus propios juguetes.
Hoy los juguetes se compran y, como todo lo que se compra, cuanto mayor es su precio parecen valer más. No siempre se logra saber, como supo aquel Serrat del Soneto a mamá, “que lo sencillo no es lo necio, que no hay que confundir valor y precio y que un manjar puede ser cualquier bocado si el horizonte es luz y el rumbo un beso”.
Los adultos no siempre tenemos en el centro de nuestra atención la necesidad de jugar de los niños o niñas. Como dice Francesco Tonucci, los adultos, en ocasiones, pretendemos hacernos perdonar una ausencia, o la poca atención, comprando juguetes u otros regalos. Lejos de incentivar el juego, privilegiamos la posesión, la propiedad de un juguete. No se trata de desdeñar la capacidad de poseer, cuya ausencia también puede ser una evidencia de dificultades emocionales, sólo se quiere poner de manifiesto el impacto de ciertos valores culturales sobre la subjetividad de los chicos.
Marcar la importancia de la subjetividad de los niños y niñas, el rol de la estructura parental en su constitución, la centralidad del juego en la infancia -incluso cuando, en su ausencia, aparece como una evidencia de una subjetividad aplastada que demanda atención- y poner de manifiesto, reiteradamente, la potencialidad narrativa del juego cuando hay un adulto con disposición de escucha; son, para alguien que sólo se nutre del psicoanálisis desde el borde, las principales enseñanzas de este libro.
Luis Fara

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